La vergüenza de otros, es mía

Quiero comenzar contándoles una anécdota reciente, pero si me pongo a pensar en estos 17 años de conocer y sentir la discapacidad en mi cuerpo y en mi mente, siempre pasa, aunque nunca lo hace de la misma forma y tampoco me imprime los mismos sentimientos.

Mi fiel compañera y la que la vida me dio desde que estuve en su vientre, y que creo que era muy cómodo porque me costó mucho dejarlo, es mi mamá. Pienso que las personas que nos asisten también sienten la discapacidad, pero desde un punto de vista que a veces preocupa más, me imagino que ellos pueden pensar en escenarios de peligro con más frecuencia que nosotras. 

Siempre digo que mi familia y mis amigos son mis más grandes apoyos, y ahora sí, voy con mi anécdota. La salud en Guatemala es un tema común, pero no me refiero a estar saludables, lamento decirlo, pero es sinónimo de enfermedades y de atención precaria, especialmente para mujeres con discapacidad, que con frecuencia podemos ser más vulnerables por las acciones de otros. Desde tener acceso a la atención médica, hasta un trato que no es digno de una persona. Como hemos escuchado en muchas ocasiones, la discapacidad no es una enfermedad, aunque todavía existe ese tabú, pero las mujeres con discapacidad, sí podemos tener enfermedades como cualquier mujer que es vulnerable ante una de ellas, o que están relacionadas por nuestra condición de vivir con discapacidad.

Teníamos que recorrer aproximadamente tres cuadras de la zona 10, para realizarme un examen médico que nunca se pudo hacer en el sistema de salud pública. Quienes hemos pasado por esto, por lo menos en mi caso, regularmente siempre tengo que hacer bromas para tratar de aliviar un poco la impotencia que me causa este tipo de situaciones, por ejemplo: que el examen únicamente lo hacen si una ya se va muriendo, o cuando ya estiré la pata, colgué los tenis, me cargó el payaso o me sacan con los pies por delante. Sé que todos somos diversos y que estos chistes no le causan gracia a todas las personas, pero son frases tan coloquiales y más comunes de lo que puedo imaginarme entre la familia, los amigos, los vecinos y cualquiera que sepa y esté pendiente de tu salud. 

Prosigo… durante toda una cuadra no pude subir con mi silla de ruedas a una banqueta, por ende, ni mi mamá ni mi hermano iban seguros, porque mi primer escudo ante cualquier peligro son ellos. Es un acuerdo implícito, ellos siempre me van a proteger, incluso cuando tengan que arriesgarse como en esta ocasión. Y no es que a mí me fascine la idea, pero es un aliciente en un contexto como Guatemala. 

En una ciudad diseñada para los carros, y no para ningún peatón, eso para mí significó un tiempo interminable, a pesar que yo rodaba muy rápido gracias a que ellos corrían conmigo. Nos hicimos 15 minutos de la clínica al centro de diagnóstico radiológico, pero para mí fue una eternidad y más cuando llegamos al lugar y nos dijeron que ya no nos podían atender por el horario. En esa cuadra, cercana a un centro comercial de prestigio, con una fachada imponente, pero también rodeada de almas en pena, pasaron muchas cosas. 

Las personas no respetan y por unos momentos tuvimos que esperar a que los carros se movieran para poder pasar y otros me esquivaban levemente, yo no esperaba la compasión de nadie, esperaba respeto. Sufrí mucho, porque sentí que yo estaba invadiendo un espacio que no me pertenece, la calle. Recuerdo que hubo una época durante la pandemia, en donde veíamos imágenes dolorosas, pero también personas sintiendo que la calle es suya, lo cual es una gran verdad. 

Durante ese trayecto, sentí que como persona no valía nada, y cuál era la diferencia, ser usuaria de una silla de ruedas. Porque no estaba sola en la calle, transitaban más personas por una banqueta inclinada y con obstáculos en medio. Me daba vergüenza pensar que íbamos en la calle estorbando a los demás. Durante esa cuadra me encontré con dos personas, una de ellas alcanzó a regalarme dinero, y la otra hizo el intento, pero nos dio pena recibirlo, estábamos casi seguros que era su pasaje. El señor caminaba con la premisa de alguien que necesita llegar a su transporte, un transporte medio seguro, medio cómodo y que lo puede dejar un poco cerca de su destino. 

Todo a medias, pero es la única forma de movilizarse en estos kilómetros de cemento, con un calor abrazador que no se quitaba ni con la sombra de un árbol, o no lo sé, porque no encontré ningún árbol en mi camino. Para mí, el calor no es una sensación corporal, no se quita tomando agua, en la sombra de un edificio o con una cerveza bien fría, como ese calor que dicen que se siente rico cuando andas en el puerto, no es así de romántico y divertido. 

Puede representar una descompensación inmediata, y si transcurre más tiempo, fatal. Que me den dinero tiene muchos simbolismos para mí, significa caridad, compasión, sentir empatía y lo principal, ver que físicamente estás mejor que el otro y no lo tomo en una mala forma, lo que hace es una reflexión difícil, ser una guatemalteca con discapacidad, inmediatamente se traduce a abandono estatal, enfermedad, pobreza, falta de autonomía y un contexto en el que no se puede vivir, se sobrevive con caridad. 

Ese lugar, rodeado de edificios inmensos en construcción o ya terminados, consumismo, seguridad para quienes tienen facha de merecerlo, indiferencia, un poquito de sensación de poder adquisitivo que como buenas vendedoras nos transmiten las tarjetas de crédito, pasos a desnivel, instalaciones para la salud privada y parqueos para automóviles, es donde una mujer con discapacidad, como yo, quisiera esconderse y sentir que mi silla no es el problema, que mi discapacidad no los obliga a invertir más y mejor, que todos esos árboles que murieron de pie y siendo testigos de algo que nunca se va a recuperar, pero que sí avanza a gran velocidad y contribuye a muchas de las causas del calentamiento global, es donde la vergüenza se siente en la piel, en el alma, en el corazón, en la política, en los derechos, pero menos en quien debería sentirla. 

Ni siquiera quiero imaginarme a alguien teniendo la “valentía” de increparnos por ir en la calle. Me podría esperar un insulto para mi mamá, para mi hermano, tacharlos de inconscientes o de estar tapando el paso. Y es muy lamentable tener que imaginarlo y adivinar un poco cómo piensan los demás, no porque pueda leer la mente, sino porque es algo común entre las personas sin discapacidad. 

Pienso frecuentemente en lo que es un privilegio y que se vende mucho así, pero para que haya ventas también debe haber compradores. No seamos más compradores, seamos titulares de derechos que exigen con lo que su cuerpo les permite, con lo que su territorio les permite, con la comunidad que respalda, y con los que nunca vamos a dejar de denunciar hasta conseguirlo. Son mis derechos y tus derechos movilizarte de forma libre, independiente y segura. Ser mujer es increíble y también difícil, ser mujer con discapacidad aún más, pero que la vergüenza de otros, no sea tuya también.

Autora: Andrea Toc.

Una fotografía horizontal. A la izquierda, plantas y una pared antigua con ladrillo y un poco de pintura blanca. En medio. Andrea usuaria de silla de ruedas con un pantalón color beige y una blusa negra con búhos blancos está sobre una banqueta. A la derecha, obstáculos cilíndricos de cemento y conos anaranjados. Al fondo edificios y automóviles, pasando por la calle.

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