Autor: Conectivas

  • Tomar las calles y formar comunidad

    La palabra resistencia no se puso de moda, es un verdadero sentimiento por el que atraviesa Guatemala, muchos países de nuestra región y específicamente, yo. Aunque a veces cansa, la resistencia también me ha dejado lecciones que traspasan el corazón que a veces se pone duro y que se ablanda con algunos actos, como tomar las calles. 

    No es nada fácil tomar las calles, por un propósito individual o colectivo, los obstáculos se representan en distintas formas. Pueden ser personas, entidades, sentimientos, y, por supuesto, infraestructura. Siendo una mujer con discapacidad, todo esto se une para ponerme en un escenario complejo y vulnerable, una vulnerabilidad que no nace de mi discapacidad, pero que poco a poco incluye a más personas que me rodean. 

    Recuerdo que desde la pandemia, algo que nos hizo a todos despertar de un sueño llamado rutina, me percaté que tomar las calles era un símbolo de desahogo. Pasamos por un momento en donde no podíamos convivir y me di cuenta que la convivencia también hace parte de algo político. Cada calle que se tomaba, era como una pieza de dominó, pero no de esas que caen, sino de las que se levantan y se unen unas con otras.

    De esa forma se iban sumando más personas y… ¿qué era el factor común? Poder estar en la calle de forma colectiva. Para cuidarnos, para comunicarnos, para consolarnos, para divertirnos, y también para apreciar desde lejos un movimiento al que le tememos o que no siempre podemos iniciar solas y solos. Me voy a enfocar en un factor que podría mejorar mucho nuestra convivencia en la calle, permitirnos transitarlas. 

    Es difícil rodar por Guatemala, sus hermosas fachadas, esconden una infraestructura que no es amigable para las mujeres con discapacidad. En mis ganas de acompañar la resistencia y de sumarme a distintas luchas, también tengo la mía y es poder llegar a mi objetivo. No puedo evitar las miradas y los pensamientos que sé, pueden atravesar a muchas personas al verme intentar llegar a mi destino, porque no voy sola, casi siempre voy con mi familia y eso no pasa desapercibido. 

    Los peatones, los automóviles, el transporte colectivo y todo lo que sí puede transitar cómodamente en nuestras calles, a veces se detiene por compasión, y no por saber que es un derecho poder tomar una calle. Me gusta estar entre lo colectivo, todavía me cuesta incluirme plenamente, pero me basta un saludo y una sonrisa para saber que también formo parte de un grupo que tomó una calle y a la que me pude sumar porque transité libremente por ella. 

    Lo mejor de las tomas de las calles cuando se hacen en comunidad y con propósito, es que nunca se pierde la humanidad para que transiten primero los que más necesitan hacerlo. Me refiero a quienes van a los hospitales, a los que tienen otra emergencia, y por supuesto, a las autoridades, a las que no se les puede negar el paso. Ese “no se les puede negar el paso”, para mí tiene una connotación de imposición, porque mi posición a veces es reacia hacia quienes deberían protegernos cuando decidimos estar en la calle. 

    Pero esta vez me voy a concentrar en lo que hacemos en comunidad, comer, bailar para pasar, andar en bicicleta sobre el puente del Incienso, pintar, correr, cantar, caminar, ver las luces de los semáforos cambiar sin ningún sentido y todo lo que se puede hacer en un espacio que regresó a las personas, sin saber en qué momento lo perdimos. En un espacio que por un momento se vuelve nuestro y por el que utilizar una silla de ruedas es mucho más fácil, no hay obstáculos, hay muchos carriles para mí y para los demás. Esos carriles en donde veo pasar apresurados a transporte para el comercio, trabajadores de comida rápida que necesitan llegar a su destino, intactos, pero ¿cómo se puede lograr a toda prisa?, incluso un transporte sin moverse, porque como escucho regularmente, ya no cabemos muchá. Esa falta de gestión del tránsito que nos está robando la vida.

    Soy la resistencia de quien no pudo hacerlo, no porque no quiso, simplemente porque no sabía que las calles son colectivas y que desde la acción hasta el descanso, es político. A veces nuestra jungla de cemento, necesita recordar que somos una especie que la procura y que restaurarla de forma digna, es nuestro propósito siempre. Mientras llegue el momento en el que de verdad seamos libres de tomar las calles, cuidemos y exijamos cuidado de los pocos espacios que tenemos para crear comunidad. Porque si en algún momento nos fracturamos, es hora de unir nuestras piezas rotas. 

    Autora: Andrea Toc.

    Tres personas están en la calle al aire libre, con árboles y cielo nublado de fondo. En una selfie. Todas llevan mascarillas y lentes de sol. En el centro, está Andrea en su silla de ruedas lleva un suéter blanco con puntos negros. A la izquierda, su papá con camisa naranja y gorra clara. A la derecha, su mamá con gorra y blusa colorida, los dos de pie.

  • Camotán: cuando una decisión abre camino y otras empiezan a encontrarse

    En Camotán hay cambios que no empezaron como “proyectos”, sino como decisiones que alguien sostuvo incluso cuando no había garantías de que iban a prosperar.

    Dentro de la municipalidad, Juan José Carrera ha venido empujando ese proceso desde la oficina municipal de discapacidad. No desde una lógica administrativa, sino desde una convicción más incómoda: que no se puede seguir decidiendo sin quienes viven directamente las exclusiones. Ese punto de partida ha ido abriendo espacio, poco a poco, para que otras voces entren en la conversación y para que la discapacidad deje de ser un tema periférico.

    Uno de los primeros movimientos fue construir un marco que no existía. La Política Municipal para la Inclusión de las Personas con Discapacidad 2023 no surgió como un documento aislado ni como un requisito institucional, sino como un intento por reorganizar la forma en que el municipio toma decisiones. Su construcción no fue cerrada: se fue alimentando de diálogos, de tensiones, de lo que las personas iban diciendo en el territorio.

    La referencia a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad dio un marco, pero lo que le dio sentido fue ese intercambio constante entre lo institucional y lo comunitario. Así, la política empezó a moverse más allá del papel, cruzando áreas municipales que antes no se miraban entre sí.

    A partir de ahí, el municipio empezó a hacerse otras preguntas. Y una de ellas fue clave: a quiénes no estamos viendo.

    El registro municipal nació desde esa necesidad. No como una tarea técnica aislada, sino como una forma de ubicar vidas concretas que no estaban siendo consideradas. Eso implicó recorrer comunidades, escuchar, reconstruir historias. La georreferenciación permitió ver distancias, ausencias, desigualdades que antes no estaban en la mesa de decisiones.

    De pronto, aparecieron 713 personas con discapacidad en el mapa del municipio. Pero más que una cifra, fue una presencia. Un punto de quiebre: ya no era posible decir “no sabemos”. Y con eso, también cambió la forma de planificar.

    En ese mismo proceso empezó a ocurrir algo que no estaba previsto como resultado, pero que hoy es central: el encuentro entre mujeres con discapacidad en contextos rurales.

    No fue una convocatoria formal. Fue un proceso que se fue dando en los recorridos, en las reuniones, en los espacios que se abrían. Mujeres que empezaron a reconocerse entre sí, a compartir lo que antes no tenía lugar, a descubrir que lo que vivían no era individual. De ahí empezó a tejerse una red.

    Ese proceso no ha ocurrido en aislamiento. Ha sido posible porque se han ido tejiendo alianzas en distintos niveles. Desde lo local, con organizaciones comunitarias como Rompiendo Límites, que ya tenían un trabajo territorial y una legitimidad construida. Desde lo institucional, con la apertura del Alcalde Municipal y del equipo de la municipalidad, que han permitido que estos temas —muchas veces incómodos— tengan espacio dentro de la agenda local.

    Y también desde lo regional e internacional, en articulación con el sistema de Naciones Unidas en Guatemala, con financiamiento del GDF, y con CBM en Centroamérica, que han aportado no solo recursos, sino marcos y acompañamiento técnico. Lo relevante es que estas alianzas no han desplazado el proceso local, sino que han encontrado cómo sostenerlo sin sustituirlo.

    Hoy, ese mismo entramado ha abierto otro frente: la búsqueda de financiamiento e inversión para cerrar brechas concretas que siguen limitando el ejercicio de derechos de las personas con discapacidad en el municipio. Desde la municipalidad, en articulación con Rompiendo Límites, Juan José está impulsando estas gestiones no como proyectos aislados, sino como parte de una estrategia más amplia para sostener y ampliar lo que ya se ha construido.

    El proyecto enfocado en derechos económicos, sociales y culturales, particularmente en el ámbito de discapacidad visual, se inserta en ese mismo proceso y cuenta con financiamiento del FOAL. No llega a crear algo desde cero, sino a fortalecer dinámicas que ya existen. A abrir más espacios, a generar condiciones para que estas mujeres no solo participen, sino que también incidan.

    Pero es en la red donde hoy se está jugando algo más profundo.

    Esa red de mujeres con discapacidad que comenzó desde el encuentro ahora empieza a convertirse en un espacio de formación, de palabra y de posicionamiento. El proceso de formadoras de formadoras en derechos sexuales y reproductivos no es solo una acción formativa: es una forma de redistribuir conocimiento y poder dentro del territorio.

    Son ellas quienes empiezan a hablar en sus comunidades, a cuestionar lo que antes no se nombraba, a abrir conversaciones que históricamente han estado marcadas por el silencio, el control o la negación. Son ellas quienes sostienen esos espacios, quienes traducen los contenidos a su realidad, quienes los hacen propios.

    Ahí es donde este proceso conecta directamente con lo que desde Conectivas venimos construyendo.

    No como una intervención externa, sino como un tejido compartido. Como una apuesta por fortalecer redes que ya existen, por acompañar procesos que ya tienen dirección, por reconocer que el cambio no se instala desde afuera, sino que se amplifica cuando se encuentra.

    Nada de esto es lineal. Hay resistencias, hay tiempos que no siempre coinciden, hay procesos que avanzan más lento de lo que se quisiera. Integrar la discapacidad como un eje transversal implica cambiar prácticas dentro del municipio, sostener diálogo con la comunidad y evitar que todo esto se reduzca a un momento puntual.

    También implica cuidar la red que se está construyendo. Porque no se trata solo de que exista, sino de que tenga condiciones para sostenerse, crecer y no ser absorbida por dinámicas que le quiten su fuerza.

    Lo que empieza a verse en Camotán es una articulación poco común: entre lo técnico, lo político y lo comunitario.

    Una política que se construye en diálogo con el territorio.

    Un registro que orienta decisiones.

    Alianzas que acompañan sin desplazar.

    Y una red que no fue diseñada, sino que emergió y hoy empieza a formar, a sostener y a posicionar.

    Desde Conectivas, este proceso se reconoce como una alianza en construcción. En gran medida, porque todo esto también parte de algo que sigue siendo profundamente significativo: una persona con discapacidad que se posiciona en un espacio institucional, mira su territorio con otros ojos y decide proponer.

    Y porque a través de ese proceso —y del vínculo con Juan José como aliado en el territorio— también se ha ido abriendo una posibilidad para nosotras: identificar, encontrarnos y tejer con otras mujeres que están construyendo estos cambios desde sus propios contextos.

    Dar visibilidad a lo que está ocurriendo en Camotán no es solo contar una experiencia.

    Es reconocer que hay procesos que ya están transformando la forma en que se construye lo público, y que muchas veces empiezan así: con alguien que decide mirar distinto, sostener esa mirada y abrir camino para que otras también puedan hacerlo.

    Autora: Redacción Conectivas. 
    Juan José está de pie sobre una pequeña colina en medio de un bosque de pinos altos. Lleva una camisa azul y pantalón oscuro, y sostiene un bastón frente a él. La luz del sol ilumina el lugar, proyectando sombras de los árboles sobre el suelo.

  • Cuerpo y teatro

    Todo empezó en el 2025, este número ha estado presente en mi vida de muchas maneras. Soy del 25 del mes número cinco de 1995, y en el 2025 llegó el trabajo y el regalo de mis sueños. Siempre habían pasado muchas escenas de hacer teatro por mi mente, muchas imaginaciones de estar en un escenario, pero jamás pensé que en el 2025 estaría ahí.

    Había una convocatoria y ¿qué creen? Solo se necesitaba tener discapacidad y muchos deseos de aprender. Y claro, yo tenía eso, y muchísimo, y muy grande, que inundaba todo mi ser. Entonces apliqué, me quedé y soy parte de las cinco artistas educadoras que fueron a presentar una obra en diferentes comunidades de Sololá, Panajachel y Totonicapán.

    A pesar de que yo me veía en el escenario, siempre tenía nervios, miedo de que no tuviera esa capacidad, porque no me sentía creativa. Pero hoy he descubierto que todo eso está en mi interior, y que solo fue cuestión de ir presionando esos botones internos que tenía ahí sin presionar, que fueron destapando; despertando todo en mí y que fluyera todo.

    Para mí, el teatro se convirtió no solo en un sueño cumplido, sino también en el de conocer mi esencia, el de saber que no solo con palabras me puedo comunicar. Aprendí a expresarme más con el cuerpo, con los sonidos, con la boca, que todas las expresiones aportan y complementan.

    Mi primera experiencia fue hacer un animal con el cuerpo, y me pareció normal, como si ya hubiera hecho esa actividad. Pero la segunda fue como armar un aparato electrónico, y me sorprendí. Mi percepción se amplió cuando me imaginé cómo podíamos armar con las demás compañeras un aparato electrónico. Surgió la idea de hacer una cafetera, y fue bien chistoso que hasta tenía tomacorriente, hasta tenía la conexión. Y una compañera prestó su cuerpo para hacer esa parte. Yo era como el pichelito donde cae el café, otra compañera era el café que caía y otra compañera era el cuerpo de la cafetera… No sé, fue tan genial.

    Las veces que yo me imaginaba pisar escenarios… Y aunque no tenía bien una imagen clara, este año pisé escenarios, pero no sola, con más compañeras. Y mis pasos fueron fuertes, resilientes, en colectividad.

    Este sueño también trajo retos, como adaptarme al escenario y moverme con confianza. Con el apoyo de una compañera, recorríamos el escenario, yo contaba cuántos pasos tenía que dar para moverme dentro del espacio. En una parte de la obra, usábamos botes y yo tenía que oír bien dónde quedaban esos botes para no chocarme. Mi miedo era grande, como toparme y que todo mundo se diera cuenta, pero gracias a Dios eso no pasó. Había una tela que yo pisaba que dividía el escenario, y era mi señal para sentir que ya se terminaba… Ustedes no se imaginan, pero sí tenía miedo.

    Recibimos talleres intensivos y fue increíble sentir que mi voz era escuchada y mis ideas tomadas en cuenta. La experiencia del vestuario fue un punto clave de mi creatividad, me demostré a mí misma sobre todo que soy creativa. Me dijeron metafóricamente cómo era para mí ser un líder comunitario y elegí un gallo, me imagino que así era un líder. Me dieron los materiales e hice la capa, triangular, con plumas dispersas, y quedó espectacular. También pintamos un mural donde nos representamos las cinco artistas, y yo pinté sobre tela, algo que nunca había hecho.

    Recibir las herramientas, información, apoyo de las compañeras facilitadoras, artistas y mis compañeras, fue muy hermoso. El espacio es muy agradable y cómodo. Pero ¿qué pasa cuando los espacios no tienen esto? Toca demostrarte a ti misma, llenarte de valentía, poner la frente y los puños en alto, y salir a avanzar. Porque hay puertas que se van a abrir, oportunidades, gente que apoya, gente que busca resiliencia. ¡Vamos a avanzar!

    Feliz día internacional del teatro, que ya pasó, pero seguimos en el mes del teatro. Hay mucha gente que expresa con su cuerpo, con el arte, muchas formas hermosas de la vida. Estoy muy feliz por saber que otros escenarios me esperan, ¿en qué otro lugar?, ¿en qué otra parte del mundo? Todo lo que sigue para mí, me siento preparada, fuerte, feliz, apoyada, muy bien acompañada.

    Autora: Isela Monroy.

    Isela está de pie frente a un fondo oscuro, vistiendo una camiseta verde y una falda larga de indumentaria maya. Tiene los brazos extendidos hacia adelante, con las manos inclinadas hacia abajo. A su lado, cuelga un huipil hecho de papel.

  • Cuando el agua no alcanza para el cuerpo

    Es la primera vez que me detengo a pensar con esta profundidad en lo que implica el agua cuando se entrelaza con otras exclusiones, como la discapacidad. No desde la teoría, sino desde lo que he visto, escuchado y acompañado.

    Hace unos días, mientras apoyaba a mi hija y a mi hijo en una tarea escolar, hablábamos de necesidades básicas. En ese ejercicio apareció, casi de forma automática, el agua en la base de la Pirámide de Maslow.
    La repetimos sin cuestionarla.

    Me detuve: ¿qué pasa cuando esa base no existe para todas las personas por igual?

    En el área rural del oriente de Guatemala, en una aldea del corredor seco, llegamos a una casa a mediodía. El terreno era irregular, con tierra suelta, gradas improvisadas y tramos de lodo. El calor no daba tregua.

    La casa tenía piso de tierra. No había drenajes. No había baño.

    Para usar el sanitario había que caminar unos 150 metros hasta un pozo ciego. No era un trayecto seguro. Exigía equilibrio, orientación y fuerza.

    Lo evidente aparece rápido.
    Pero no alcanza.

    Cuando ese recorrido lo hace una mujer con discapacidad, el riesgo cambia. Una caída puede convertirse en una fractura. Y una fractura, en ese contexto, puede significar más dependencia, más limitación.

    La falta de agua y saneamiento no solo excluye. También produce discapacidad.

    Días después, en una conversación con una amiga con discapacidad, hablamos de algo que pocas veces se nombra con honestidad: la menstruación.

    No asistiría a un espacio de formación.
    Estaba en su período.

    En su casa no había agua esos días. Comprar agua era difícil. La higiene menstrual, sin agua, deja de ser rutina. Se convierte en un problema.

    No es solo cambiar un producto.
    Es sostener el cuerpo sin agua.

    “Mejor no voy”, me dijo.
    “No vaya a ser que incomode a alguien”.

    Hicimos una pausa.

    Y entonces dijo algo más.

    Que hay días en los que pedir apoyo para su higiene no es sencillo. Que cuando quien cuida está cansada, molesta o sobrecargada, el acceso al agua cambia. Se posterga. Se limita. Se condiciona.

    Hice silencio.

    Y lo pensé con claridad:
    eso también es violencia.

    No una violencia aislada, sino una que aparece en contextos donde el cuidado recae en una sola persona, sin apoyos, sin alternativas. Donde la autonomía depende completamente de esa relación.

    No se lo expliqué.
    No hacía falta.

    Las dos sabíamos de qué hablábamos.

    En esos escenarios, el agua no solo falta.
    También puede ser controlada.

    Y cuando el acceso al agua se controla, el cuerpo también.

    Porque cuando no hay agua suficiente, el cuerpo se vuelve visible de otra manera. El olor aparece. Y con él, prejuicios que ya existen.

    No es solo incomodidad. Es la activación de estereotipos profundamente arraigados sobre ciertos cuerpos: cuerpos indígenas, cuerpos pobres, cuerpos con discapacidad, cuerpos que dependen de otros para sostener su vida cotidiana.

    El problema no es el cuerpo.
    Es la lectura que se hace de él.

    El cuerpo se vuelve un territorio vigilado.
    Se restringe el movimiento.
    Se evitan los espacios públicos.

    La participación se reduce. No por falta de capacidad, sino por condiciones materiales que no garantizan dignidad.

    En esos escenarios, el agua también define quién cuida y cuánto.
    Quién acompaña.
    Quién limpia.
    Quién deja de hacer otras cosas para sostener lo mínimo.

    Este año, además, el calor se siente distinto.

    El calor agota.
    El cuerpo pide agua.
    Pero el acceso no cambia.

    Hace unos días, en este mismo espacio, Andrea escribía sobre algo que pocas veces se nombra: que para algunas personas el calor no se siente como una incomodidad pasajera, sino como una descompensación inmediata.

    El cuerpo no siempre avisa.
    Pero el riesgo está ahí.

    Y entonces, algo tan básico como hidratarse deja de ser una decisión simple.

    Para algunas mujeres con discapacidad, beber más agua implica más dependencia: más apoyo, más cuidado, más costo.
    Más cambios de pañal, más gestión de dispositivos que sostienen el cuerpo, más veces tener que pedir ayuda para algo que debería ser básico.

    Aparece entonces una tensión silenciosa: el cuerpo necesita más agua, pero no puede acceder a ella en las mismas condiciones.

    Cuando el agua no alcanza, alguien deja de usarla.
    La escasez no es neutra.
    Se distribuye.

    No es solo escasez. Es distribución.

    Un derecho no se mide por lo que está escrito, sino por lo que el cuerpo puede sostener sin ponerse en riesgo.

    Hablar del agua como una necesidad básica —e incluso como un derecho humano— sin reconocer estas diferencias es sostener una idea que no se cumple en todos los territorios ni en todos los cuerpos.

    Garantizar el acceso al agua no es solo llevar infraestructura. Es asegurar que ninguna persona tenga que negociar su dignidad, su cuerpo o su participación para poder usarla.

    Hablar del agua como una condición para la paz también exige mirar lo que ocurre en lo cotidiano. Porque no hay paz posible cuando el acceso al agua —y con ello al propio cuerpo— puede ser limitado, condicionado o negado en relaciones de dependencia.

    El problema no es que el agua sea básica.
    El problema es que no es un derecho garantizado para todas las personas por igual.

    Autora: Zilpa Arriola.

  • La vergüenza de otros, es mía

    Quiero comenzar contándoles una anécdota reciente, pero si me pongo a pensar en estos 17 años de conocer y sentir la discapacidad en mi cuerpo y en mi mente, siempre pasa, aunque nunca lo hace de la misma forma y tampoco me imprime los mismos sentimientos.

    Mi fiel compañera y la que la vida me dio desde que estuve en su vientre, y que creo que era muy cómodo porque me costó mucho dejarlo, es mi mamá. Pienso que las personas que nos asisten también sienten la discapacidad, pero desde un punto de vista que a veces preocupa más, me imagino que ellos pueden pensar en escenarios de peligro con más frecuencia que nosotras. 

    Siempre digo que mi familia y mis amigos son mis más grandes apoyos, y ahora sí, voy con mi anécdota. La salud en Guatemala es un tema común, pero no me refiero a estar saludables, lamento decirlo, pero es sinónimo de enfermedades y de atención precaria, especialmente para mujeres con discapacidad, que con frecuencia podemos ser más vulnerables por las acciones de otros. Desde tener acceso a la atención médica, hasta un trato que no es digno de una persona. Como hemos escuchado en muchas ocasiones, la discapacidad no es una enfermedad, aunque todavía existe ese tabú, pero las mujeres con discapacidad, sí podemos tener enfermedades como cualquier mujer que es vulnerable ante una de ellas, o que están relacionadas por nuestra condición de vivir con discapacidad.

    Teníamos que recorrer aproximadamente tres cuadras de la zona 10, para realizarme un examen médico que nunca se pudo hacer en el sistema de salud pública. Quienes hemos pasado por esto, por lo menos en mi caso, regularmente siempre tengo que hacer bromas para tratar de aliviar un poco la impotencia que me causa este tipo de situaciones, por ejemplo: que el examen únicamente lo hacen si una ya se va muriendo, o cuando ya estiré la pata, colgué los tenis, me cargó el payaso o me sacan con los pies por delante. Sé que todos somos diversos y que estos chistes no le causan gracia a todas las personas, pero son frases tan coloquiales y más comunes de lo que puedo imaginarme entre la familia, los amigos, los vecinos y cualquiera que sepa y esté pendiente de tu salud. 

    Prosigo… durante toda una cuadra no pude subir con mi silla de ruedas a una banqueta, por ende, ni mi mamá ni mi hermano iban seguros, porque mi primer escudo ante cualquier peligro son ellos. Es un acuerdo implícito, ellos siempre me van a proteger, incluso cuando tengan que arriesgarse como en esta ocasión. Y no es que a mí me fascine la idea, pero es un aliciente en un contexto como Guatemala. 

    En una ciudad diseñada para los carros, y no para ningún peatón, eso para mí significó un tiempo interminable, a pesar que yo rodaba muy rápido gracias a que ellos corrían conmigo. Nos hicimos 15 minutos de la clínica al centro de diagnóstico radiológico, pero para mí fue una eternidad y más cuando llegamos al lugar y nos dijeron que ya no nos podían atender por el horario. En esa cuadra, cercana a un centro comercial de prestigio, con una fachada imponente, pero también rodeada de almas en pena, pasaron muchas cosas. 

    Las personas no respetan y por unos momentos tuvimos que esperar a que los carros se movieran para poder pasar y otros me esquivaban levemente, yo no esperaba la compasión de nadie, esperaba respeto. Sufrí mucho, porque sentí que yo estaba invadiendo un espacio que no me pertenece, la calle. Recuerdo que hubo una época durante la pandemia, en donde veíamos imágenes dolorosas, pero también personas sintiendo que la calle es suya, lo cual es una gran verdad. 

    Durante ese trayecto, sentí que como persona no valía nada, y cuál era la diferencia, ser usuaria de una silla de ruedas. Porque no estaba sola en la calle, transitaban más personas por una banqueta inclinada y con obstáculos en medio. Me daba vergüenza pensar que íbamos en la calle estorbando a los demás. Durante esa cuadra me encontré con dos personas, una de ellas alcanzó a regalarme dinero, y la otra hizo el intento, pero nos dio pena recibirlo, estábamos casi seguros que era su pasaje. El señor caminaba con la premisa de alguien que necesita llegar a su transporte, un transporte medio seguro, medio cómodo y que lo puede dejar un poco cerca de su destino. 

    Todo a medias, pero es la única forma de movilizarse en estos kilómetros de cemento, con un calor abrazador que no se quitaba ni con la sombra de un árbol, o no lo sé, porque no encontré ningún árbol en mi camino. Para mí, el calor no es una sensación corporal, no se quita tomando agua, en la sombra de un edificio o con una cerveza bien fría, como ese calor que dicen que se siente rico cuando andas en el puerto, no es así de romántico y divertido. 

    Puede representar una descompensación inmediata, y si transcurre más tiempo, fatal. Que me den dinero tiene muchos simbolismos para mí, significa caridad, compasión, sentir empatía y lo principal, ver que físicamente estás mejor que el otro y no lo tomo en una mala forma, lo que hace es una reflexión difícil, ser una guatemalteca con discapacidad, inmediatamente se traduce a abandono estatal, enfermedad, pobreza, falta de autonomía y un contexto en el que no se puede vivir, se sobrevive con caridad. 

    Ese lugar, rodeado de edificios inmensos en construcción o ya terminados, consumismo, seguridad para quienes tienen facha de merecerlo, indiferencia, un poquito de sensación de poder adquisitivo que como buenas vendedoras nos transmiten las tarjetas de crédito, pasos a desnivel, instalaciones para la salud privada y parqueos para automóviles, es donde una mujer con discapacidad, como yo, quisiera esconderse y sentir que mi silla no es el problema, que mi discapacidad no los obliga a invertir más y mejor, que todos esos árboles que murieron de pie y siendo testigos de algo que nunca se va a recuperar, pero que sí avanza a gran velocidad y contribuye a muchas de las causas del calentamiento global, es donde la vergüenza se siente en la piel, en el alma, en el corazón, en la política, en los derechos, pero menos en quien debería sentirla. 

    Ni siquiera quiero imaginarme a alguien teniendo la “valentía” de increparnos por ir en la calle. Me podría esperar un insulto para mi mamá, para mi hermano, tacharlos de inconscientes o de estar tapando el paso. Y es muy lamentable tener que imaginarlo y adivinar un poco cómo piensan los demás, no porque pueda leer la mente, sino porque es algo común entre las personas sin discapacidad. 

    Pienso frecuentemente en lo que es un privilegio y que se vende mucho así, pero para que haya ventas también debe haber compradores. No seamos más compradores, seamos titulares de derechos que exigen con lo que su cuerpo les permite, con lo que su territorio les permite, con la comunidad que respalda, y con los que nunca vamos a dejar de denunciar hasta conseguirlo. Son mis derechos y tus derechos movilizarte de forma libre, independiente y segura. Ser mujer es increíble y también difícil, ser mujer con discapacidad aún más, pero que la vergüenza de otros, no sea tuya también.

    Autora: Andrea Toc.

    Una fotografía horizontal. A la izquierda, plantas y una pared antigua con ladrillo y un poco de pintura blanca. En medio. Andrea usuaria de silla de ruedas con un pantalón color beige y una blusa negra con búhos blancos está sobre una banqueta. A la derecha, obstáculos cilíndricos de cemento y conos anaranjados. Al fondo edificios y automóviles, pasando por la calle.

  • “Soñadora imparable sobre ruedas” 

    Ser mujer, resistir y transformar.

    El 8 de marzo no es una fecha cualquiera. Es un día que nos invita a detenernos, a recordar y a mirar la historia que hemos construido las mujeres a lo largo del tiempo.

    Es un día para reconocer a aquellas que antes que nosotras levantaron la voz, que cuestionaron las estructuras, que desafiaron lo establecido para que hoy muchas de nosotras podamos ocupar espacios que antes parecían imposibles. Gracias a ellas podemos estudiar, trabajar, opinar, decidir y participar en la vida pública.

    Pero también es un día que nos recuerda que la igualdad aún no es una realidad para todas. Que todavía existen barreras, silencios impuestos y desigualdades que siguen marcando la vida de muchas mujeres alrededor del mundo.

    Ser mujer es habitar una historia colectiva de lucha, pero también es vivir una historia profundamente personal.

    Hoy quiero hablar desde ese lugar.

    Soy María José.

    Y si algo he aprendido en la vida es que la identidad de una mujer se construye a partir de muchas capas, de muchas experiencias, de muchos caminos que se entrecruzan.

    Hubo un tiempo en el que esa niña que fui miraba el mundo desde lejos.

    Muchos espacios parecían herméticos, ajenos, inaccesibles. Lugares donde pocas veces se imaginaba a una niña con discapacidad participando, decidiendo o soñando en grande.

    Durante mucho tiempo, la discapacidad fue algo que el entorno trató de definir por mí. Pero con el paso de los años entendí algo profundamente liberador: la discapacidad no me define;  Me define mi forma de mirarme, de comprenderme y de habitar el mundo desde mi propia perspectiva, desde mi propio SER.

    Hoy me nombro con orgullo como una mujer con discapacidad. No como una etiqueta que limita, sino como una parte de mi identidad que me ha enseñado a cuestionar, a reinventarme, a resistir y a crear nuevas posibilidades.

    La discapacidad no se convirtió en una barrera que detuviera mi vida. Se convirtió en una forma de entenderla como una revolución; mi revolución.

    Para aceptarme.

    Para amarme.

    Para construir mi lugar en el mundo.

    Soy psicóloga y como profesional cada encuentro con las personas que acompaño me recuerda la enorme capacidad humana de sanar, de reconstruirse y de encontrar sentido incluso en medio de la adversidad.

    También soy para atleta de tiro con arco. El deporte llegó a mi vida para enseñarme algo que va mucho más allá de la competencia: La pasión,  la disciplina, la paciencia y la certeza de que muchas veces romper esquemas implica simplemente atreverse a ocupar un lugar donde antes nadie imaginó que podías estar. Cada flecha que lanzo es también un símbolo.Un recordatorio de que la precisión, la calma y la confianza en una misma pueden llevarnos mucho más lejos de lo que alguna vez creímos posible.

    Soy también escritora. Escribir “La vida sobre ruedas» fue una manera de narrar mi camino, pero también de compartir una filosofía que se ha vuelto fundamental en mi vida: entender que la vida no siempre sigue caminos rectos, que está llena de giros inesperados, pero que siempre puede seguir avanzando. Para mí, la vida sobre ruedas no es solo el título de un libro. Es una forma de mirar el mundo.

    Es entender que avanzar no siempre significa hacerlo de la manera que otros esperan, sino encontrar tu propio ritmo, tu propio movimiento, tu propia dirección.

    También soy una mujer que decidió explorar espacios donde históricamente las mujeres con discapacidad no hemos sido visibles.

    Participé en un certamen de belleza y tuve la oportunidad de convertirme en reina de belleza, ejemplo e inspiración para otras mujeres. Para muchas personas estos espacios pueden parecer frívolos o superficiales. Pero para mí fueron profundamente transformadores. Ese proceso me permitió descubrirme desde otro lugar. Reconocer mi cuerpo, aceptar mi historia y comprender que la belleza también puede existir en la diversidad de nuestros cuerpos y de nuestras trayectorias de vida.

    Fue un espacio donde aprendí a mirarme con dignidad, con seguridad y con amor propio.

    Y desde esa experiencia comenzaron a abrirse otros caminos: sesiones fotográficas, participación en comerciales de televisión y espacios de modelaje donde históricamente las mujeres con discapacidad hemos sido invisibilizadas.

    Cada uno de esos espacios ha sido una oportunidad para demostrar que la representación importa. Importa que las niñas con discapacidad puedan verse reflejadas en diferentes escenarios.

    Importa que puedan imaginarse en lugares que durante mucho tiempo parecieron reservados solo para algunos cuerpos.

    Pero también he entendido algo muy importante en este proceso: Ser visible no es solo un logro personal, también es una responsabilidad. Porque cuando una mujer se atreve a ocupar un espacio donde antes no había sido imaginada, abre una puerta.

    Y cuando una puerta se abre, otras pueden cruzarla.

    Por eso hoy entiendo que parte de mi camino también consiste en construir referentes, abrir fronteras y derribar barreras para otras mujeres, especialmente para aquellas que, como yo alguna vez, miran el mundo pensando que ciertos lugares no fueron hechos para ellas.

    Si mi historia puede servir para que otra niña con discapacidad se atreva a soñar más grande, entonces cada paso (o rodada) habrá valido la pena.

    Soy también activista por los derechos humanos. Desde hace varios años mi voz se ha sumado a la defensa de los derechos de las personas con discapacidad, porque creo profundamente que la inclusión no debe ser un discurso, sino una práctica cotidiana.

    Y tengo el enorme privilegio de ser coordinadora de Conectivas, un espacio construido junto a otras mujeres con discapacidad y aliadas – Que antes de todo somos amigas- que creemos en el poder de organizarnos, de acompañarnos y de transformar juntas las realidades que nos atraviesan. Porque si algo he aprendido en este camino es que ninguna lucha es verdaderamente individual.

    Las mujeres hemos avanzado en la historia porque nos hemos acompañado, porque hemos tejido redes invisibles de apoyo, de escucha, de contención y de impulso, de amistad genuina. La sororidad no es solo una palabra bonita. Es una práctica cotidiana.

    Es la amiga que te recuerda tu valor cuando tú misma lo has olvidado. Es la mujer que te abre una puerta y te dice: ven, aquí también hay espacio para ti. Es la mano que se extiende cuando el camino se vuelve difícil.

    La amistad entre mujeres, el acompañamiento sincero y la capacidad de sostenernos unas a otras son también formas profundas de resistencia.

    Porque cuando una mujer avanza sola puede abrir camino. Pero cuando muchas mujeres avanzan juntas, transforman el mundo.

    Por eso hoy también quiero honrar a todas las mujeres que han caminado conmigo.

    A las que me han enseñado.

    A las que me han sostenido.

    A las que me han impulsado a seguir.

    ¡GRACIAS! Profundas y sinceras a cada una

    Más allá de todos estos roles, también soy simplemente una mujer humana y real.

    Con sueños que siguen creciendo.

    Con preguntas que siguen apareciendo.

    Con días de enorme fortaleza y otros donde también necesito detenerme y respirar.

    Y quizá lo más poderoso de todo es reconocer que aquella niña que alguna vez vio el mundo como algo lejano, hoy lo habita desde múltiples espacios.

    Como profesional.

    Como deportista.

    Como escritora.

    Como activista.

    Como mujer.

    Hoy puedo nombrarme con orgullo como lo que siempre he sido en esencia:

    …Una soñadora imparable sobre ruedas.

    Una mujer que cree que nuestras historias tienen poder. Que nuestras voces pueden abrir caminos. Y que transformar el mundo también empieza cuando nos atrevemos a vivir nuestra verdad con dignidad y convicción.

    Este 8 de marzo abrazo a todas las mujeres que siguen abriendo caminos, cuestionando estructuras y construyendo nuevas posibilidades.

    Abrazo a las mujeres con discapacidad que cada día desafían las expectativas que otros pusieron sobre nosotras.

    Abrazo a las amigas, compañeras y aliadas que nos recuerdan que caminar juntas siempre nos hace más fuertes.

    Porque ser mujer también es eso:

    Una historia en movimiento, una lucha compartida y una vida que sigue avanzando… sobre ruedas.

    | Autora: María José Carranza.

    Una mujer joven está sentada en una silla de ruedas en medio de un camino de parque rodeado de árboles. Lleva un vestido color durazno y zapatos claros. Está sonriendo suavemente y mirando hacia un lado, con una postura relajada y elegante. La luz del sol atraviesa los árboles y crea un ambiente tranquilo y natural alrededor de ella.