Cuando el agua no alcanza para el cuerpo

Es la primera vez que me detengo a pensar con esta profundidad en lo que implica el agua cuando se entrelaza con otras exclusiones, como la discapacidad. No desde la teoría, sino desde lo que he visto, escuchado y acompañado.

Hace unos días, mientras apoyaba a mi hija y a mi hijo en una tarea escolar, hablábamos de necesidades básicas. En ese ejercicio apareció, casi de forma automática, el agua en la base de la Pirámide de Maslow.
La repetimos sin cuestionarla.

Me detuve: ¿qué pasa cuando esa base no existe para todas las personas por igual?

En el área rural del oriente de Guatemala, en una aldea del corredor seco, llegamos a una casa a mediodía. El terreno era irregular, con tierra suelta, gradas improvisadas y tramos de lodo. El calor no daba tregua.

La casa tenía piso de tierra. No había drenajes. No había baño.

Para usar el sanitario había que caminar unos 150 metros hasta un pozo ciego. No era un trayecto seguro. Exigía equilibrio, orientación y fuerza.

Lo evidente aparece rápido.
Pero no alcanza.

Cuando ese recorrido lo hace una mujer con discapacidad, el riesgo cambia. Una caída puede convertirse en una fractura. Y una fractura, en ese contexto, puede significar más dependencia, más limitación.

La falta de agua y saneamiento no solo excluye. También produce discapacidad.

Días después, en una conversación con una amiga con discapacidad, hablamos de algo que pocas veces se nombra con honestidad: la menstruación.

No asistiría a un espacio de formación.
Estaba en su período.

En su casa no había agua esos días. Comprar agua era difícil. La higiene menstrual, sin agua, deja de ser rutina. Se convierte en un problema.

No es solo cambiar un producto.
Es sostener el cuerpo sin agua.

“Mejor no voy”, me dijo.
“No vaya a ser que incomode a alguien”.

Hicimos una pausa.

Y entonces dijo algo más.

Que hay días en los que pedir apoyo para su higiene no es sencillo. Que cuando quien cuida está cansada, molesta o sobrecargada, el acceso al agua cambia. Se posterga. Se limita. Se condiciona.

Hice silencio.

Y lo pensé con claridad:
eso también es violencia.

No una violencia aislada, sino una que aparece en contextos donde el cuidado recae en una sola persona, sin apoyos, sin alternativas. Donde la autonomía depende completamente de esa relación.

No se lo expliqué.
No hacía falta.

Las dos sabíamos de qué hablábamos.

En esos escenarios, el agua no solo falta.
También puede ser controlada.

Y cuando el acceso al agua se controla, el cuerpo también.

Porque cuando no hay agua suficiente, el cuerpo se vuelve visible de otra manera. El olor aparece. Y con él, prejuicios que ya existen.

No es solo incomodidad. Es la activación de estereotipos profundamente arraigados sobre ciertos cuerpos: cuerpos indígenas, cuerpos pobres, cuerpos con discapacidad, cuerpos que dependen de otros para sostener su vida cotidiana.

El problema no es el cuerpo.
Es la lectura que se hace de él.

El cuerpo se vuelve un territorio vigilado.
Se restringe el movimiento.
Se evitan los espacios públicos.

La participación se reduce. No por falta de capacidad, sino por condiciones materiales que no garantizan dignidad.

En esos escenarios, el agua también define quién cuida y cuánto.
Quién acompaña.
Quién limpia.
Quién deja de hacer otras cosas para sostener lo mínimo.

Este año, además, el calor se siente distinto.

El calor agota.
El cuerpo pide agua.
Pero el acceso no cambia.

Hace unos días, en este mismo espacio, Andrea escribía sobre algo que pocas veces se nombra: que para algunas personas el calor no se siente como una incomodidad pasajera, sino como una descompensación inmediata.

El cuerpo no siempre avisa.
Pero el riesgo está ahí.

Y entonces, algo tan básico como hidratarse deja de ser una decisión simple.

Para algunas mujeres con discapacidad, beber más agua implica más dependencia: más apoyo, más cuidado, más costo.
Más cambios de pañal, más gestión de dispositivos que sostienen el cuerpo, más veces tener que pedir ayuda para algo que debería ser básico.

Aparece entonces una tensión silenciosa: el cuerpo necesita más agua, pero no puede acceder a ella en las mismas condiciones.

Cuando el agua no alcanza, alguien deja de usarla.
La escasez no es neutra.
Se distribuye.

No es solo escasez. Es distribución.

Un derecho no se mide por lo que está escrito, sino por lo que el cuerpo puede sostener sin ponerse en riesgo.

Hablar del agua como una necesidad básica —e incluso como un derecho humano— sin reconocer estas diferencias es sostener una idea que no se cumple en todos los territorios ni en todos los cuerpos.

Garantizar el acceso al agua no es solo llevar infraestructura. Es asegurar que ninguna persona tenga que negociar su dignidad, su cuerpo o su participación para poder usarla.

Hablar del agua como una condición para la paz también exige mirar lo que ocurre en lo cotidiano. Porque no hay paz posible cuando el acceso al agua —y con ello al propio cuerpo— puede ser limitado, condicionado o negado en relaciones de dependencia.

El problema no es que el agua sea básica.
El problema es que no es un derecho garantizado para todas las personas por igual.

Autora: Zilpa Arriola.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *