Marcela Lorenzana Padilla o “Marce”, como es una costumbre abreviar nuestros nombres por ese cariño, confianza y una forma más íntima de referirnos a alguien, es una mujer con un gran liderazgo que está ocupando espacios que para muchas mujeres parecen lejanos, pero que en la práctica, se vuelven tan cercanos que nos conectan con lo que somos y sentimos, el yoga.
La accesibilidad e inclusión siempre han estado presentes en la vida de Marce, este tema que requiere titulares de derecho en las agendas, no como números, sino como mujeres que con sus conocimientos, vivencias e intersección, aportan distintas formas de generar condiciones para ejercer derechos que ya se están nombrando y cada día se vuelven más urgentes.
Sus redes de apoyo se formaron desde su hogar, junto a su familia, y se fortalecieron en el camino. Cuando no había a quién acudir en temas de rehabilitación, apoyos y asistencia, la madre de Marce, fue ese ente gestor que con sus propios medios la acompañó desde niña con baja visión. Su padre, su hermana y sus abuelos maternos, también estaban sosteniendo su proceso.
Para Marce, sus 18 años fueron una etapa muy interesante. Durante mucho tiempo, había escuchado que tenía que cuidar mucho la baja visión que tenía porque cualquier descompensación, golpe o algún otro factor, podía hacer que la perdiera. En esa transición de terminar el colegio e iniciar la universidad, una época que deja nostalgia, pero también un nuevo camino por recorrer, todo ese entorno que la acompañó fue un gran alivio, un parteaguas en el que cambió su escenario, pero con adaptaciones que ya conocía y que no la tomaron desprevenida.
En el espectro de la discapacidad visual, hay muchos limbos en la baja visión. Unos días son muy buenos y otros muy malos, y para Marce, fue un gran alivio saber que sus nuevas herramientas estaban listas para que ella iniciara a utilizarlas.
Empezó a enfocarse en cosas en las que antes no podía, no porque no quisiera, estaba esa presión de tener que cuidar mucho ese resto visual que poseía. Para Marce, estar del otro lado era un inicio de cosas extraordinarias que la convierten en una mujer que no pide permiso y abre puertas.
¿Psicología o comunicación? Esos eran los dos caminos por los que Marce quería transitar en sus estudios universitarios. Al final, la psicología tuvo algo en particular que la hizo elegirla. Entre todas esas ramas del gran árbol, la psicología clínica fue la gran decisión que implicaba una motivación de alguien muy importante, la madre de Marce. No para influir en su carrera, para acompañar en el proceso de recorrer la universidad e identificar cuál era cada uno de sus espacios.
Como muchas de las cosas que se inician, implican distintos sentimientos y para Marce, un lugar tan grande, podría ser una posibilidad de no querer asistir por recorrer tantos lugares, pero allí estaba su eje central diciéndole: “Esa no es una excusa para que no vengas”. Al día siguiente, junto a su hermana, Marce recorrió cada rincón de la universidad y puede hacerlo sin ningún problema, cosa magnífica de la memoria.
“Mi carrera ha sido de las cosas que elegí, sin saber que me iba a gustar tantísimo”. Con estas palabras se siente la fascinación que descubrió Marce de estudiar psicología clínica, desde el primer día. Cuando tuvo la oportunidad de hacer un intercambio, México fue el lugar que le mostró una atracción especial por el psicoanálisis, porque más allá de su filosofía, hay algo muy importante, no señala a las personas. Entiende que todos los seres humanos somos distintos y no por eso “tenemos un padecimiento”. Simplemente comprende la diversidad.
Esa también es inclusión, no segrega a las personas, las escucha, a ellas y a su cuerpo, es con esa corriente en la que trabaja en su clínica. La pandemia fue un poco una catarsis para todas las personas, y al finalizar la época más dura, Marce quería hacer algo más allá de su clínica. Algo que fuera entretenido y diferente, alejada de su lugar de trabajo.
De pronto, entre sus pensamientos apareció el yoga, aunque al principio no conocía mucho del tema, sí sabía que era una práctica bastante profunda. Lo que descubrió fue hermoso e impactante, en el yoga no se necesita competir con nadie, nadie se queda atrás y una sensación familiar volvió a ella, como cuando descubrió la psicología clínica y el psicoanálisis, sabía que ese era un lugar para habitar.
El significado de la palabra yoga es “unión” y tiene mucha congruencia con su práctica, es un lugar en el que todos y todas pueden estar y lo más importante, pueden ser. Marce se convirtió en una alumna, asistía a las prácticas y también lo hacía en su casa. Su actual maestra le gusta mucho, porque sabe que el yoga debe ser accesible e inclusivo, no debe haber perfección, el cuerpo no debe ser un estereotipo de belleza y la práctica no se cataloga como una capacidad de hacerla. Una clase de yoga la puede recibir una persona que tiene una fractura, una discapacidad física, sensorial, psicosocial y cualquier otra.
Esa filosofía es genial, porque no hay espacios en donde las mujeres con discapacidad visual puedan acceder a practicar algún deporte o recrearse, sin la necesidad de que los demás enumeren inconvenientes que al final llevan a apuntar siempre a la mujer y a tener una condición de discapacidad como un problema, algo que ya no debería ser una discusión, pero que sigue señalando en la dirección incorrecta. Incluso por ser la “única” en querer realizar una actividad.
La certificación en yoga para Marce significa una oportunidad de cambiar una realidad en Guatemala, el movimiento, la respiración y la calma deben ser para todos y todas. No solamente para lo que nos muestra Instagram y para las personas que en teoría pueden ser más “independientes”. La certificación en el yoga se realiza por medio de horas, más que títulos, son cierta cantidad de horas para poder obtenerla. Por ejemplo, pueden ser 200 horas, 500 horas y así.
En ese camino de utilizar el cuerpo como una metodología de cambio, un maestro cuadripléjico daba una certificación en accesibilidad e inclusión que fuera libre al trauma. Y así, Marce se pudo certificar en lo que deseaba trabajar y abrir puertas para que funcione, ese era uno de los significados y el otro es que una práctica de bienestar busca que una persona se encuentre bien consigo misma, “posturas y pararse de cabeza es lo que menos es”.
El yoga es una alternativa para saber respirar, estar en calma y conectar con el cuerpo, es una oportunidad de escucharse cada quien a su ritmo.
En una práctica que debería respetar ante todo, el espíritu y la singularidad de la persona, en Guatemala todavía no se cumple la frase de que el yoga es para todos. “Si te acercas a un lugar, no te van a decir a la primera sí, aquí te recibimos, te van a decir mil cosas antes. Nos siguen tratando como personas especiales”.
En muchas ocasiones, el yoga se vende como una práctica estética y es muy caro, a diferencia del verdadero yoga que se practica en países como la India, el cual no se cobra. Aproximadamente una clase de yoga puede costar un promedio de Q300.
Algo muy importante es que el yoga es distinto para todos y todas, no somos robots y por lo tanto entre las personas con discapacidad, no es necesario que el cuerpo deba responder a ciertas posturas, en la mente está el trabajo para poder controlar todo lo demás. Es un espacio para sentir y visualizar, nuestro cuerpo no es un freno. La colectividad importa, pero no es indispensable para practicar yoga y para sentirse bien mientras se hace.
Marcela Lorenzana Padilla, encontró el momento perfecto para hablar de una filosofía, cultura, una práctica que puede involucrar la espiritualidad, la religión y que viene desde la India. Precisamente fue en la embajada de este país, la cual abrió una convocatoria para acercarse a una práctica de yoga, y Marce lo hizo, con la finalidad de encontrar nuevas perspectivas y encontró una oportunidad para cerrar brechas.
Se encontró con un señor que le dijo que no podía ingresar, por la “perrita” y porque “no veía”. Estaba faltando a todo lo que significa el yoga y negando el derecho a la accesibilidad. No soltar esa lucha para ella fue muy importante, pudo simplemente irse a otro lugar, pero esta no era la única ocasión en la que esa persona podría encontrar una situación similar y viceversa. A veces la indignación, hay que convertirla en una acción de cambio.
Se necesita un nivel de comprensión y empatía, para evitar pedirle a una persona con discapacidad que deje algún apoyo, como su silla de ruedas, un bastón o en este caso, su perra guía. Eso se convirtió en un debate, en el que salió a relucir el recordatorio de la Convención Internacional de Derechos Humanos, de la cual India es parte y fue el momento en el que Marce decidió alzar su voz, porque no hay nada peor que bajar los brazos ante la falta de información de alguien más. No estaba dispuesta a seguir permitiendo que en estos espacios las personas sean segregadas y la hace feliz saber que por lo menos una persona, se va aprendiendo algo.
El yoga no son solamente posturas, también es político, es justicia, es hablar por los que todavía no pueden y son todas esas prácticas que hacen de este mundo menos violento y más sincero. Algo muy importante es reconocer que todos los cuerpos de las mujeres hablan y uno de los aprendizajes mediante esta práctica es el no ser violentas con una misma, es decir, si yo no me siento bien hoy para socializar, no lo hago porque eso sería ser violenta conmigo misma. Es parte de ser transparente con una y con los demás.
Las mujeres tenemos una característica de exigirle a nuestro cuerpo, hasta no poder más, en cuanto se es madre, en cuanto a querer trabajar y no es distinto con el yoga. Si el cuerpo no llega, está bien, no es necesario pararse de cabeza durante la primera clase, pero se cree que si no se da el 100% desde la primera vez entonces está mal. Es todo lo contrario, incluso sostener la respiración, no debe ser una competencia, pero somos cuerpos que siempre están forzados.
También hay un silencio que es fuerte, y es la parte de decir no puedo, porque siempre ha habido alguien que rige el cuerpo y que dice qué hacer con él, habitando lo que no le pertenece. Mujeres que pensaron que nunca podrían respirar en patrón, porque no lo habían intentado y al final lo logran o una persona con discapacidad, que comprende que no necesita hacer posturas para valerse como alguien con cuerpo, pero que aprenden a respirar y meditar y eso también es controlar el cuerpo.
“No hay necesidad de demostrar nada, ¿a quién?”. No es necesario valernos solo si alguien nos dice que “sí podemos”… valemos por ser. Nuestros cuerpos siempre han sido dictados por la opinión de los otros, sin importar aprender a sentirnos bien.
Marce termina con una reflexión: desde el activismo que hacemos como personas con discapacidad, no es necesario demostrar que valemos y también, que alguien nombró la discapacidad como una falta de algo desde su errónea percepción, porque el “dis”, sigue significando menos, y que lo importante es saber qué hacemos con la vida que tenemos.
La opinión ya no debe estar regida por lo actitudinal, es decir por quiénes somos, qué hacemos y también por la parte mental, porque el activismo no se puede hacer sin personas que se sepan valiosas.
“A la Marce de hoy, que por mucho tiempo fue la única mujer con discapacidad visual en su entorno, le diría que no habría descubierto este camino, si probablemente tuviera todas mis garantías. La discapacidad no me define, pero me permitió transitar el mundo de una forma diferente y no preocuparme por las cosas que son materiales o que se vean bien. La vida no es lo que te falta, al contrario, es todo lo que tienes y que muchas veces estás tapando con lo que te falta. Nadie tiene el derecho de quitarnos el espacio que habitamos, nadie tiene el derecho de apagar nuestra voz aunque a veces pareciera que sí, y que si alguna vez sucedió, siempre hay caminos para poder recuperarla y habitar esos caminos de una manera mucho más viva”.
Autora: redacción Conectivas.



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