Tejiendo la discapacidad

Flory, es una mujer indígena que creció en San Lucas Tolimán, un bello municipio del departamento de Sololá, que en general tiene una naturaleza fascinante, que atrapa a quien lo visita. En su familia, por los contextos en los vive nuestro país, como la exclusión y discriminación de las comunidades indígenas, los accesos a derechos humanos y oportunidades de desarrollo fueron limitados en la sociedad. Eso traspasa como una raíz, ese camino se trajo generación tras generación y los resultados se sienten hasta el presente. 

La educación no es una garantía en nuestro país, Flory, fue una de las primeras mujeres en su familia que tuvo la oportunidad de estudiar, como un anhelo y por supuesto, como un derecho innato a las personas. “Yo empecé a estudiar ya grande, como a los 9 o 10 años. Fue muy difícil para mí porque en ese tiempo no se hablaba mucho del tema de la discapacidad. No están preparados los maestros para recibir a una persona con discapacidad, en mi caso, discapacidad física. Había mucha exclusión y falta de oportunidades para aprender como cualquier otro niño o niña”. 

Ir y regresar a casa era difícil, aunque después existía una ayuda por medio del transporte, los retos y barreras no se terminaban, y para Flory también fue complicado ser consciente de todo lo que implica que las oportunidades no estén diseñadas para todas. Durante su adolescencia y juventud, fue comprendiendo más el concepto de lo que significa la discapacidad, y no porque no la viviera, sino porque los factores externos la hacen más compleja. Esa perspectiva la obtuvo cuando salió de casa, estaba acostumbrada a ir y venir en una rutina, pero salir de casa de una forma distinta, fue el cambio de una realidad. 

Cuando era pequeña, no tenía amigas o amigos con quién jugar. Tampoco lugares en dónde recrearse o distraerse, vivió aislada por la falta de transporte, caminos sin atender que eran únicamente polvo y tierra. No como ahora, que los lugares son destinados para lo carros y como dice Flory: “está topado de tantos carros, que no se puede caminar de una forma más tranquila”. 

Aproximadamente a sus 30 años, su primer acercamiento a temas de discapacidad fue con una asociación en la cual Flory buscó empleo. Empezó a conocer lo básico en tema de derechos y aunque sí tenía participación, también estaban presentes la discriminación y la exclusión, pero ¿cómo se pueden generar condiciones para compartir vivencias y conocimientos, en un ambiente hostil? Eso hizo su experiencia complicada y pensaba que decir cualquier cosa, podría ser incorrecto.

Retrocediendo el tiempo, en la memoria y las actividades de aquella niña que habitaba junto al bello lago de Atitlán, estaba el tejido. A sus 10 años y junto a una de las figuras más importantes que acompaña a muchas mujeres, su abuelita, Flory iniciaba su aprendizaje en el tejido, una actividad que era importante porque es una de las más grandes fuentes de ingreso para distintas comunidades y que detrás tiene sacrificio, trabajo humano y manual y por supuesto, mucho significado e identidad. 

Algo muy importante y que reconoce, es que no a todas las mujeres les gusta practicar hacer un tejido y dedicarse a ello, aunque es una forma de plasmar lo que se siente y se piensa. “Yo sentía una gran emoción por hacer esto y al final me atrapó el tejido”. 

Al iniciar, no tenía muchos materiales para poder hacer un tejido, pero su abuelito que trabajaba en el campo, ingenió hacer unos palitos para poder empezar a tramar y enrollar el hilo. También tenía que decidir qué colores quería usar y además, qué diseños plasmar, porque existen distintos y variados. En los que realiza Flory y su comunidad, predominan los animales como patos, perros, arañas, y también otros elementos como banderas. Los colores que se usan son muchos, para que le dé vida a los tejidos. 

Ahora los tejidos también se han modernizado, ya no hay pocos diseños como antes. Flory se identifica con la diversidad que tienen los tejidos en sus formas, el amor que le pone al hacerlos, la dedicación que le hace pensar y sentir cuando quiere plasmar algo. 

Existen lugares en los que se reúnen mujeres tejedoras para hacer sus creaciones, esto permite colectividad y comunidad; sin embargo, Flory no ha tenido la oportunidad de participar en estos espacios. Ella lo hace porque le gusta y también porque necesita generar ingresos para poder sostener su vida diaria y sus actividades, pero al final no sabe si estos grupos de mujeres han tenido acercamientos con mujeres tejedoras con discapacidad para estar en esta linda actividad. 

Las personas todavía se impresionan cuando saben que Flory es una mujer tejedora, le preguntan que cómo hace para iniciar los tejidos y se sorprenden de sus resultados. Esto es resultado de que, a pesar que existen muchas mujeres tejedoras, son pocas mujeres tejedoras con discapacidad y todavía no se han creado alianzas o comunidades para reunirse y hacerlo en conjunto para reconocer su trabajo. 

“He estado en espacios de mujeres indígenas con discapacidad, pero no he tenido muchas oportunidades de hablar del arte que hago con mis manos”. 

Para Flory, Conectivas es un espacio bonito, principalmente porque incluye diversidad e intersección. No hay solo algunos perfiles, aunque es difícil lograrlo porque son lugares que se construyen poco a poco. “Todavía me estoy acoplando, porque cada organización tiene su forma de trabajar y eso está bien. Allí voy poco a poquito”. El trabajo que se hace le llama mucho la atención y se quiere involucrar cada vez más. “Conectan, comparten, crean y eso es un trabajo admirable”. 

El tema de las mujeres indígenas con discapacidad, todavía no está incluido en muchas agendas, hace falta mucho trabajo al respecto. La consulta directa para escucharlas, es una limitante para ejercer como sujetas de derecho, todavía se habla sobre ellas y por ellas, no con ellas. 

Las mujeres indígenas también viven distintas realidades, unas tienen mejor economía y recursos, otras viven en extrema pobreza y las necesidades son diferentes. “Todavía sigue siendo un tabú el que nosotras existimos, tengamos acceso a la información, que podamos estar en los espacios, que nos tomen en cuenta y respecto a eso falta mucho por hacer”. 

Como mujer con discapacidad, Flory se siente privilegiada de poder estar en distintos espacios que le han enseñado mucho. No es la mujer que era hace seis o siete años, sabía que tenía que trabajar, pero no conocía sus derechos, pensaba que era la única mujer con discapacidad, que había en su comunidad y en general en muchas partes del mundo. Con el tiempo fue conociendo a más mujeres indígenas con discapacidad, y eso le enseñó a que su voz es importante y se tiene que escuchar.

“Es importante que tomemos esos espacios en la sociedad que nos pertenecen como ciudadanas y está bien llegar con miedo, porque yo no sabía nada. Le tenía miedo a tocar una computadora y a todo, porque nunca tuve acceso a estas herramientas, incluso en el colegio”. 

“Ahora me siento una mujer con mucha información y sé que día a día aprendemos cosas y que esas cosas no se tienen que quedar con nosotras, se tiene que compartir con las otras personas que necesitan escuchar que sí se pueden lograr las cosas, y esto no es para inspirarlas, es para reconocerlas”. 

Con 37 años y un camino recorrido, lleno de aprendizajes, alianzas, conocimientos y tejiendo redes, Flory B. Raxtún conecta con sus tejidos, haciendo arte y tejiendo redes de inclusión. 

Autora: redacción Conectivas Org.

Flory está sentada frente a un telar, trabajando con hilos azules que se extienden de arriba hacia abajo. Lleva una blusa colorida con bordados y tiene el cabello largo y oscuro. Sus manos sostienen el tejido mientras lo va formando con cuidado. El fondo muestra una pared gris y una puerta negra.

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