“Soñadora imparable sobre ruedas” 

Ser mujer, resistir y transformar.

El 8 de marzo no es una fecha cualquiera. Es un día que nos invita a detenernos, a recordar y a mirar la historia que hemos construido las mujeres a lo largo del tiempo.

Es un día para reconocer a aquellas que antes que nosotras levantaron la voz, que cuestionaron las estructuras, que desafiaron lo establecido para que hoy muchas de nosotras podamos ocupar espacios que antes parecían imposibles. Gracias a ellas podemos estudiar, trabajar, opinar, decidir y participar en la vida pública.

Pero también es un día que nos recuerda que la igualdad aún no es una realidad para todas. Que todavía existen barreras, silencios impuestos y desigualdades que siguen marcando la vida de muchas mujeres alrededor del mundo.

Ser mujer es habitar una historia colectiva de lucha, pero también es vivir una historia profundamente personal.

Hoy quiero hablar desde ese lugar.

Soy María José.

Y si algo he aprendido en la vida es que la identidad de una mujer se construye a partir de muchas capas, de muchas experiencias, de muchos caminos que se entrecruzan.

Hubo un tiempo en el que esa niña que fui miraba el mundo desde lejos.

Muchos espacios parecían herméticos, ajenos, inaccesibles. Lugares donde pocas veces se imaginaba a una niña con discapacidad participando, decidiendo o soñando en grande.

Durante mucho tiempo, la discapacidad fue algo que el entorno trató de definir por mí. Pero con el paso de los años entendí algo profundamente liberador: la discapacidad no me define;  Me define mi forma de mirarme, de comprenderme y de habitar el mundo desde mi propia perspectiva, desde mi propio SER.

Hoy me nombro con orgullo como una mujer con discapacidad. No como una etiqueta que limita, sino como una parte de mi identidad que me ha enseñado a cuestionar, a reinventarme, a resistir y a crear nuevas posibilidades.

La discapacidad no se convirtió en una barrera que detuviera mi vida. Se convirtió en una forma de entenderla como una revolución; mi revolución.

Para aceptarme.

Para amarme.

Para construir mi lugar en el mundo.

Soy psicóloga y como profesional cada encuentro con las personas que acompaño me recuerda la enorme capacidad humana de sanar, de reconstruirse y de encontrar sentido incluso en medio de la adversidad.

También soy para atleta de tiro con arco. El deporte llegó a mi vida para enseñarme algo que va mucho más allá de la competencia: La pasión,  la disciplina, la paciencia y la certeza de que muchas veces romper esquemas implica simplemente atreverse a ocupar un lugar donde antes nadie imaginó que podías estar. Cada flecha que lanzo es también un símbolo.Un recordatorio de que la precisión, la calma y la confianza en una misma pueden llevarnos mucho más lejos de lo que alguna vez creímos posible.

Soy también escritora. Escribir “La vida sobre ruedas» fue una manera de narrar mi camino, pero también de compartir una filosofía que se ha vuelto fundamental en mi vida: entender que la vida no siempre sigue caminos rectos, que está llena de giros inesperados, pero que siempre puede seguir avanzando. Para mí, la vida sobre ruedas no es solo el título de un libro. Es una forma de mirar el mundo.

Es entender que avanzar no siempre significa hacerlo de la manera que otros esperan, sino encontrar tu propio ritmo, tu propio movimiento, tu propia dirección.

También soy una mujer que decidió explorar espacios donde históricamente las mujeres con discapacidad no hemos sido visibles.

Participé en un certamen de belleza y tuve la oportunidad de convertirme en reina de belleza, ejemplo e inspiración para otras mujeres. Para muchas personas estos espacios pueden parecer frívolos o superficiales. Pero para mí fueron profundamente transformadores. Ese proceso me permitió descubrirme desde otro lugar. Reconocer mi cuerpo, aceptar mi historia y comprender que la belleza también puede existir en la diversidad de nuestros cuerpos y de nuestras trayectorias de vida.

Fue un espacio donde aprendí a mirarme con dignidad, con seguridad y con amor propio.

Y desde esa experiencia comenzaron a abrirse otros caminos: sesiones fotográficas, participación en comerciales de televisión y espacios de modelaje donde históricamente las mujeres con discapacidad hemos sido invisibilizadas.

Cada uno de esos espacios ha sido una oportunidad para demostrar que la representación importa. Importa que las niñas con discapacidad puedan verse reflejadas en diferentes escenarios.

Importa que puedan imaginarse en lugares que durante mucho tiempo parecieron reservados solo para algunos cuerpos.

Pero también he entendido algo muy importante en este proceso: Ser visible no es solo un logro personal, también es una responsabilidad. Porque cuando una mujer se atreve a ocupar un espacio donde antes no había sido imaginada, abre una puerta.

Y cuando una puerta se abre, otras pueden cruzarla.

Por eso hoy entiendo que parte de mi camino también consiste en construir referentes, abrir fronteras y derribar barreras para otras mujeres, especialmente para aquellas que, como yo alguna vez, miran el mundo pensando que ciertos lugares no fueron hechos para ellas.

Si mi historia puede servir para que otra niña con discapacidad se atreva a soñar más grande, entonces cada paso (o rodada) habrá valido la pena.

Soy también activista por los derechos humanos. Desde hace varios años mi voz se ha sumado a la defensa de los derechos de las personas con discapacidad, porque creo profundamente que la inclusión no debe ser un discurso, sino una práctica cotidiana.

Y tengo el enorme privilegio de ser coordinadora de Conectivas, un espacio construido junto a otras mujeres con discapacidad y aliadas – Que antes de todo somos amigas- que creemos en el poder de organizarnos, de acompañarnos y de transformar juntas las realidades que nos atraviesan. Porque si algo he aprendido en este camino es que ninguna lucha es verdaderamente individual.

Las mujeres hemos avanzado en la historia porque nos hemos acompañado, porque hemos tejido redes invisibles de apoyo, de escucha, de contención y de impulso, de amistad genuina. La sororidad no es solo una palabra bonita. Es una práctica cotidiana.

Es la amiga que te recuerda tu valor cuando tú misma lo has olvidado. Es la mujer que te abre una puerta y te dice: ven, aquí también hay espacio para ti. Es la mano que se extiende cuando el camino se vuelve difícil.

La amistad entre mujeres, el acompañamiento sincero y la capacidad de sostenernos unas a otras son también formas profundas de resistencia.

Porque cuando una mujer avanza sola puede abrir camino. Pero cuando muchas mujeres avanzan juntas, transforman el mundo.

Por eso hoy también quiero honrar a todas las mujeres que han caminado conmigo.

A las que me han enseñado.

A las que me han sostenido.

A las que me han impulsado a seguir.

¡GRACIAS! Profundas y sinceras a cada una

Más allá de todos estos roles, también soy simplemente una mujer humana y real.

Con sueños que siguen creciendo.

Con preguntas que siguen apareciendo.

Con días de enorme fortaleza y otros donde también necesito detenerme y respirar.

Y quizá lo más poderoso de todo es reconocer que aquella niña que alguna vez vio el mundo como algo lejano, hoy lo habita desde múltiples espacios.

Como profesional.

Como deportista.

Como escritora.

Como activista.

Como mujer.

Hoy puedo nombrarme con orgullo como lo que siempre he sido en esencia:

…Una soñadora imparable sobre ruedas.

Una mujer que cree que nuestras historias tienen poder. Que nuestras voces pueden abrir caminos. Y que transformar el mundo también empieza cuando nos atrevemos a vivir nuestra verdad con dignidad y convicción.

Este 8 de marzo abrazo a todas las mujeres que siguen abriendo caminos, cuestionando estructuras y construyendo nuevas posibilidades.

Abrazo a las mujeres con discapacidad que cada día desafían las expectativas que otros pusieron sobre nosotras.

Abrazo a las amigas, compañeras y aliadas que nos recuerdan que caminar juntas siempre nos hace más fuertes.

Porque ser mujer también es eso:

Una historia en movimiento, una lucha compartida y una vida que sigue avanzando… sobre ruedas.

| Autora: María José Carranza.

Una mujer joven está sentada en una silla de ruedas en medio de un camino de parque rodeado de árboles. Lleva un vestido color durazno y zapatos claros. Está sonriendo suavemente y mirando hacia un lado, con una postura relajada y elegante. La luz del sol atraviesa los árboles y crea un ambiente tranquilo y natural alrededor de ella.

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